Los manglares son más que árboles: son infraestructura hídrica

Por S.E. Abdulla Balalaa, ministro adjunto de Asuntos Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos para Energía y Sostenibilidad
¿Y si parte de nuestra infraestructura hídrica más eficaz ya estuviera creciendo silenciosamente a lo largo de nuestras costas?
Tras muchas décadas de pérdidas, los manglares y los humedales costeros muestran signos de una recuperación extraordinaria. El informe The State of the World's Mangroves, basado en cuatro décadas de cartografía, de 1985 a 2025, identifica un punto de inflexión: la cobertura mundial de manglares está aumentando en conjunto, y el 65 % de las nuevas ganancias brota en lugares donde antes no habían crecido manglares.
Ecosistemas como los manglares, las praderas marinas y las marismas desempeñan un papel esencial al aportar nutrientes y zonas de reproducción a una gran variedad de especies, desde aves hasta fitoplancton y mariscos. Al crecer donde se encuentran la tierra y el mar, también protegen las costas de las tormentas, la erosión y las inundaciones, además de mejorar la calidad del agua, almacenar carbono y crear hábitat para peces y otras especies silvestres. Las investigaciones han demostrado que estos humedales costeros reducen el impacto de las inundaciones para casi medio millón de personas y evitan cada año daños por valor de aproximadamente 2000 millones de dólares.
Más allá del papel vital que desempeñan en ámbitos que van desde la conservación de la biodiversidad hasta la protección del litoral, los manglares son emblemáticos de la relación simbiótica entre el agua y la tierra. Cuando uno de los elementos se ve afectado negativamente, el otro pierde su equilibrio. Aunque se han logrado avances extraordinarios para acelerar la conservación de los manglares, aún queda mucho por hacer. La pérdida de manglares continúa incluso mientras se desarrollan nuevos bosques, y el aumento del nivel del mar y la contaminación de las aguas están perjudicando su crecimiento.
Para seguir protegiendo los manglares, debemos tratar el agua y la tierra como un sistema vivo e interconectado, que merece la misma ambición que dedicamos a cada frontera que nos proponemos alcanzar. Para lograrlo, es necesario un mayor reconocimiento mundial de la interconexión entre el ODS 6 —el acceso al agua potable, el saneamiento y la higiene— y el ODS 14 —la conservación y el uso sostenible de los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible—. Uno no es posible sin el otro.
Hogar del 20 % de los manglares del mundo, Indonesia conoce muy bien esta realidad interconectada. También la conocen los Emiratos Árabes Unidos, donde los manglares se atesoran desde que el jeque Zayed bin Sultan Al Nahyan puso en marcha el primer proyecto de plantación de manglares del país a lo largo de la costa de Abu Dabi en 1966. En la COP26, anunciamos además el compromiso de plantar 100 millones de manglares de aquí a 2030, acelerando el despliegue de soluciones basadas en la naturaleza para ampliar los sumideros de carbono y prevenir la erosión costera.
Nuestras geografías pueden ser distintas, pero ambos países entienden que la conservación de los manglares y los humedales costeros no es solo una cuestión de naturaleza; es, en gran medida, una cuestión de agua.
Los Emiratos Árabes Unidos e Indonesia han contribuido a convertir este reconocimiento compartido en acción. Juntos, nuestros países impulsaron la Alianza de Manglares por el Clima, lanzada en la COP27 para acelerar la conservación de los manglares y la restauración de sus ecosistemas. Uno de los ejes centrales de la alianza es ampliar el conocimiento mundial sobre la relación entre la calidad del agua y la restauración de los manglares, así como sobre la forma en que los manglares pueden reducir las inundaciones costeras. En Bali, el Centro Internacional de Investigación de Manglares Mohamed bin Zayed–Joko Widodo está creando una plataforma para acelerar la investigación, la innovación y el intercambio de conocimientos. Respaldado por un compromiso de 10 millones de dólares estadounidenses de los Emiratos Árabes Unidos, el centro tiene como objetivo impulsar el cultivo de manglares, los hábitats costeros, la biodiversidad y la colaboración internacional.
Estas alianzas están acelerando la resiliencia hídrica y la conservación de los manglares al aunar ciencia, políticas e inversión en torno a un objetivo común, al tiempo que crean oportunidades para intercambiar conocimientos más allá de las fronteras. También reflejan un principio importante: la cooperación internacional es más eficaz cuando se basa en las capacidades locales y responde a las realidades de las comunidades y los ecosistemas a los que sirve.
Y lo que es más importante, estamos demostrando la importancia vital de vincular el ODS 6 y el ODS 14, así como el impacto positivo que puede generarse cuando movilizamos inversiones, conocimientos especializados y tecnologías avanzadas en torno a soluciones basadas en la naturaleza.
La oportunidad que se abre ahora, para nuestros dos países y para el conjunto de la comunidad internacional, es vincular más estrechamente los esfuerzos para impulsar la resiliencia hídrica y la conservación de los manglares. Una planta desalinizadora puede garantizar el suministro. Un cinturón de manglares restaurado puede reducir el riesgo costero, sustentar la biodiversidad y mejorar la salud del sistema hídrico en su conjunto. Unas redes más inteligentes pueden reducir el desperdicio. Unas cuencas y unos humedales sanos pueden reforzar el almacenamiento natural y la resiliencia. Cada intervención gana fuerza cuando se concibe como parte de un mismo ecosistema.
Este es también exactamente el tipo de visión a vista de pájaro que queremos aportar a los debates de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Agua de 2026, que se celebrará en Abu Dabi en diciembre. La Conferencia brinda la oportunidad de traducir estos principios en cooperación práctica, marcos normativos más sólidos e inversión en soluciones que protejan tanto los recursos hídricos como los sistemas naturales que los sustentan. El éxito no debería medirse simplemente por la cantidad de agua que producimos o transportamos, sino por si los ecosistemas y las comunidades que la rodean salen fortalecidos.
Ningún país puede construir ese futuro en solitario. Necesitamos que los gobiernos creen políticas propicias, que las empresas inviertan e innoven, que los científicos profundicen en la evidencia y que las comunidades y los jóvenes den forma a soluciones que funcionen sobre el terreno. Por encima de todo, necesitamos que la cooperación sea práctica: investigación compartida, conocimiento abierto, proyectos invertibles y alianzas que trasladen ideas probadas a través de las fronteras sin ignorar el contexto local.
Nuestras experiencias con los manglares en los Emiratos Árabes Unidos e Indonesia demuestran que la adversidad puede convertirse en un catalizador del progreso. El próximo capítulo de la resiliencia hídrica se escribirá uniendo infraestructura y naturaleza, y con países que elijan aprender unos de otros antes de que la próxima crisis los obligue a hacerlo.


