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Más allá de las fronteras: cómo la cooperación en materia de agua puede trazar un nuevo rumbo para la diplomacia

Un puente sobre un río

Por S.E. Abdulla Balalaa, ministro adjunto de Asuntos Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos para Energía y Sostenibilidad

En diplomacia, solemos hablar de lo que nos divide. El agua nos recuerda lo que compartimos.

A lo largo del último año, en la antesala de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Agua de 2026, mis conversaciones con actores internacionales –desde responsables de políticas hasta diplomáticos, y desde líderes empresariales hasta la sociedad civil– vuelven a menudo a la misma pregunta esencial: ¿cómo podemos asegurar un futuro más próspero, estable y resiliente en un mundo cada vez más interconectado, pero que con frecuencia tiene dificultades para actuar de forma colectiva?

Ya hablemos de sistemas alimentarios, de la transformación energética, de la mitigación del cambio climático, del desarrollo económico o de la innovación tecnológica, el agua parece ser el hilo invisible, pero fundamental, que sustenta cada conversación. Es la base sobre la que descansan todos los sectores y todas las oportunidades, y conecta las prioridades nacionales de maneras imposibles de ignorar.

Si bien reconocer el carácter compartido del agua es un primer paso vital, no equivale a actuar en consecuencia.

A menudo pienso que los tiempos difíciles también ofrecen las mayores oportunidades de colaboración, para reunir a actores de todos los ámbitos y trazar juntos una nueva hoja de ruta.

Existe la tendencia a pensar que la cooperación internacional solo es posible cuando los países coinciden en las grandes cuestiones del momento. En realidad, el progreso suele comenzar en un punto más concreto: un desafío compartido, un interés común y la voluntad de trabajar juntos.

El agua ofrece un ejemplo elocuente de los matices que separan las expectativas de la realidad. Todos los países dependen del agua, aunque cada uno vive la inseguridad hídrica de manera distinta. Esas diferencias pueden generar oportunidades únicas para que los países aprendan unos de otros, sumen sus capacidades y desarrollen soluciones que les resultaría más difícil alcanzar por separado.

Ninguna institución reúne por sí sola toda la experiencia, la tecnología o el capital. Ningún país puede alcanzar la resiliencia hídrica únicamente a base de innovación y de forma aislada. La cuestión no es si los países defenderán sus propios intereses, sino si somos capaces de construir alianzas que hagan más valioso perseguir esos intereses de forma conjunta que hacerlo en solitario.

En última instancia, la cooperación en materia de agua puede crear vínculos entre gobiernos, conectar a investigadores e industrias, fomentar la inversión y establecer canales de diálogo que perduren más allá de los proyectos concretos y de los ciclos políticos. La confianza puede construirse a través de la experiencia de trabajar juntos y obtener resultados.

Para mí, esta es una parte importante de lo que la diplomacia del agua puede ofrecer a la comunidad internacional. Es una forma de hacer tangible la cooperación, demostrar su valor y sentar las bases para una colaboración más amplia.

La estrecha alianza entre los Emiratos Árabes Unidos y China en materia de agua es un ejemplo de ello en la práctica. Nuestros dos países tienen geografías, trayectorias de desarrollo y sistemas hídricos distintos. Sin embargo, compartimos el interés común de reforzar la resiliencia hídrica, acelerar la innovación y garantizar que las tecnologías puedan responder a las necesidades de nuestras comunidades.

La relación bilateral entre los Emiratos Árabes Unidos y China nos permite comprender lo que aporta cada parte, dónde convergen nuestras prioridades y cómo podemos crear valor juntos. A través de nuestra colaboración en materia de agua, demostramos cómo los países pueden perseguir tanto sus intereses propios como intereses más amplios mediante la cooperación multilateral, en lugar de tratarlos como objetivos contrapuestos.

China aporta considerables capacidades científicas, industriales y tecnológicas. Los Emiratos Árabes Unidos cuentan con una experiencia significativa en innovación hídrica, forjada en un entorno árido y adverso. Al unir nuestras fortalezas, singulares y a la vez complementarias, podemos generar oportunidades no solo para acelerar nuestro progreso colectivo, sino también para aportar soluciones únicas a desafíos mundiales más amplios.

Su valor resulta aún más evidente cuando pasamos de los principios a la práctica.

La finalización de la emblemática planta independiente de agua de Taweelah (Taweelah Independent Water Plant, IWP) demuestra lo que puede ocurrir cuando países, empresas e innovadores aúnan conocimientos complementarios en torno a un desafío compartido. Situada en Abu Dabi y construida por POWERCHINA bajo un modelo de ingeniería, adquisiciones y construcción, la instalación se ha convertido en la mayor planta desalinizadora de agua de mar por ósmosis inversa del mundo, con una producción de alrededor de 900.000 metros cúbicos de agua al día que cubre las necesidades de agua de millones de hogares de la ciudad.

Para los Emiratos Árabes Unidos, la desalinización es fundamental para nuestra resiliencia hídrica; sin embargo, asegurar nuestros recursos hídricos para el futuro va mucho más allá de producir agua. Supone mejorar la eficiencia, reducir la energía necesaria y desarrollar e integrar una IA responsable y tecnologías que hagan los sistemas hídricos más sostenibles, eficientes y resilientes. La construcción de la IWP es emblemática de cómo la colaboración entre entidades de los Emiratos Árabes Unidos y de China puede transformar un desafío en una oportunidad, al tiempo que genera un impacto positivo y atiende las necesidades de la población.

Las alianzas científicas constituyen otra dimensión vital. En mayo de 2025, la Iniciativa del Agua Mohamed bin Zayed firmó un memorando de entendimiento con el Instituto de Desalinización de Agua de Mar y Utilización Multipropósito de China, dependiente del Ministerio de Recursos Naturales de ese país. La alianza tiene por objeto impulsar la innovación en desalinización mediante la investigación y la formación conjuntas.

Estos ejemplos son importantes porque muestran lo que la cooperación internacional puede lograr cuando vincula prioridades bilaterales compartidas con conocimientos científicos, capacidad comercial y ejecución.

También ilustran por qué el valor de las alianzas más eficaces reside en las capacidades que ayudan a desarrollar, las relaciones institucionales que establecen y las oportunidades que crean para seguir colaborando.

La cooperación internacional suele juzgarse por los acuerdos que firman los países o por las posiciones que alcanzan en las negociaciones multilaterales. Estos siguen siendo importantes. No obstante, la cooperación también debe valorarse en función de lo que permite hacer juntos a los gobiernos, las instituciones y las personas, como crear oportunidades económicas y mejorar el acceso a agua y energía fiables.

Las alianzas exitosas pueden reforzar la resiliencia nacional y ampliar el acceso a soluciones.

La infraestructura, la tecnología, la financiación y los recursos hídricos tienen todos una importancia estratégica. Por ello, la cooperación debe asentarse en el respeto mutuo, en objetivos comunes claros y en el reconocimiento de que las alianzas funcionan mejor cuando sus beneficios se comprenden y se comparten.

Es aquí donde la diplomacia del agua se convierte en un instrumento poderoso: reúne a los países en torno a intereses compartidos, forja alianzas prácticas y ofrece soluciones que refuerzan la resiliencia hídrica más allá de las fronteras.

El próximo mes de diciembre, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Agua de 2026 ofrecerá una oportunidad decisiva para convertir el creciente impulso en favor de la cooperación en materia de agua en acciones concretas, reuniendo la ambición política, las soluciones prácticas y las alianzas necesarias para acelerar el progreso mundial.

La diplomacia nos enseña una lección fundamental. Ningún país, institución o sector puede resolver por sí solo los desafíos compartidos. Los gobiernos deben crear las condiciones para el progreso, pero lograrlo a gran escala exige que las empresas, las instituciones financieras, los investigadores, la sociedad civil y la juventud trabajen juntos, combinando sus conocimientos y recursos para convertir una ambición compartida en un impacto duradero.

La verdadera prueba será si somos capaces de traducir esa cooperación en resultados, alineando conocimientos, movilizando inversiones y construyendo alianzas que sigan dando frutos mucho después de Abu Dabi. El éxito se medirá por las decisiones adoptadas, las inversiones movilizadas y las soluciones llevadas a escala.

La alianza entre los Emiratos Árabes Unidos y China ilustra lo que es posible cuando los países convierten prioridades compartidas en progreso compartido, reuniendo experiencias, conocimientos y capacidades diferentes para impulsar una prioridad común, con el potencial de generar un impacto significativo a escala mundial.

Mientras nos preparamos para recibir a la comunidad internacional en Abu Dabi, tenemos la oportunidad de demostrar lo que puede lograr una cooperación con propósito cuando los países se unen en torno a un desafío que nos afecta a todos.

En diplomacia, no siempre estaremos de acuerdo. Tampoco debemos esperar que cada desafío compartido borre nuestras diferencias. Pero podemos elegir dónde cooperar, reconocer dónde convergen nuestros intereses y demostrar que la acción colectiva puede lograr lo que ningún país podría conseguir por sí solo.

El agua nos ofrece ese terreno común y la oportunidad de mostrar al mundo lo que podemos lograr cuando trabajamos juntos.